Day 41 of Confinement

Having grown up in Spain amidst a time of terrorism, I thought that I had lived through the worst that a country could go through (leaving out war, of course).

The day that an Emergency State was announced by the government in response to COVID-19, I felt similar to the way I had felt in the 1980s, when, as a child, I woke up to the news that a car bomb had exploded in Madrid. I was overcome with fear and enormous sadness. However, last month, as days passed and I witnessed how society was behaving, that sadness quickly gave way to hope.

Madrid is a packed city. Like me, most people live in apartments the size of the average kitchen in the U.S. We do most of social activities outside, like so many people in Manhattan.

When this started, I thought it would bring out the worst in everyone. However, on day one of confinement, my heart suddenly filled with warmth — at 8:00 pm, people gathered together on their balconies, clapping and cheering in tribute to all of our healthcare workers. When I went “outside” (to one of my two balconies), I saw everyone on my whole street was out on their balconies as well, with wide smiles on their faces. It wasn’t only singing. People were introducing themselves, sending strength to one another, and asking elderly neighbors if they needed assistance with anything, from shopping to cooking.

As I work for the Dr. Love Foundation for Breast Cancer Research remotely, this pandemic has not changed much of my work. But the Foundation’s flexibility has allowed me to integrate some healthy habits into my day, which has helped me to keep both my mind and my body healthy. And I do have a new schedule. Every day, I work half of my hours in my morning while the U.S. sleeps, and the other half in my evening, so I can connect with the rest of the research team. This has made it possible for me to go out to my balcony every day at 8 pm to join the clapping tribute, which brings me great joy.

During these 41 days, I’ve seen only goodness — Bingo across balconies, karaoke, violin concerts by students from their windows, people dressed up to take the trash out, police clapping back at us, people giving support to those who must be taken to the hospital by ambulance. Some of those taken away by ambulance are people in their 90s. They lived through WWII and the Spanish Civil War (and the dictatorship that came after that) and they still smile and say, “Everything will be OK.” What a lesson.

Life on Hope Street (Calle Esperanza), has shown me that while human beings can of course be awful, good can still reign over bad. I truly believe we will all be better people after this, making the world a better place for us, and for the generations to come.

 

DESDE CALLE ESPERANZA CON AMOR 

Día 41 de confinamiento

Habiendo crecido en España en los 80 cuando los atentados terroristas estaban a la orden del día, pensaba que había vivido ya lo peor que puede pasar un país ( dejando a un lado una guerra, por supuesto).

El día que fue declarado el estado de emergencia por el gobierno español , tuve sentimientos similares a aquellos vividos cuando , de niña, me levantaba por la mañana con las noticias de un nuevo atentado con “coche bomba” en Madrid. Estos sentimientos eran de miedo y una enorme tristeza. Sin embargo, este mes pasado, conforme han pasado los días y he sido testigo de cómo la sociedad estaba comportándose, este sentimiento de tristeza ha dado paso a la esperanza.

Madrid es una ciudad densa. La mayoría de las familias viven en apartamentos pequeños, del tamaño de una cocina media en los Estados Unidos (incluida yo), y hace la mayor parte de la actividad social fuera de casa. Se podría comparar con el estilo de vida en Nueva York.

Cuando esta situación comenzó, pensé que sacaría lo peor de las personas. Sin embargo, al pasar los días, mi corazón se derretía al ver cómo cada día, a las 8 de la tarde, la  gente se agolpaba en los balcones aplaudiendo y animándose unos a otros , y en tributo a los trabajadores de la sanidad.

El primer día, salí a mi balcón para ver todos los vecinos de mi calle en sus terrazas, cantando, dando fuerzas unos a otros, presentándose y preguntando a los mayores si necesitaban ayuda con cualquier cosa, desde hacer la compra hasta cocinar.

Habiendo trabajado desde hace tiempo para la Fundación Dr. Love en remoto, esta pandemia no ha cambiado mucho mi rutina diaria. Sin embargo, el que la Fundación sea flexible me ha permitido mantener ciertos hábitos saludables cada día, lo que me ha ayudado a mantener la mente y el cuerpo más sanos.

Cada día trabajo la mitad del tiempo por la mañana, y la mitad por la tarde, para poder conectar con el resto del equipo en Los Ángeles.

Esta flexibilidad me ha permitido salir al balcón cada día durante 41 días seguidos que hacen hoy, a las 8 de la tarde, para unirme al tributo al personal sanitario , lo que me ha traído mucha alegría en estos tiempos difíciles.

 Durante estos 41 días sólo he visto bondad: Bingo de balcón a balcón, Karaoke, estudiantes de violín tocando para el resto de los vecinos desde sus ventanas, gente disfrazada para sacar la basura, la Policía Nacional aplaudiéndonos a nosotros los vecinos, y vecinos aplaudiendo a todo aquel que era trasladado en una ambulancia al hospital.

 Algunos de Los Mayores que he visto ser trasladados rondan los 90 años… Estas son personas que han vivido la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española ( con la dictadura que vino después), y sin embargo aún se podían ver sonrisas en sus caras mientras tranquilizaban a los vecinos diciendo “Todo saldrá Bien”. Vaya lección a aprender.

La vida en La Calle Esperanza me ha mostrado que los seres humanos pueden, por supuesto, ser horribles, pero sin embargo creo que el bien siempre reinará sobre el mal, y creo realmente que todos seremos mejores personas después de todo esto, haciendo el mundo un poco mejor para nosotros, y para las generaciones futuras.

 

 

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